29.10.11

LAIA FALCÓN canta Black Max de Bolcom

Laia Falcón canta Black Max



HE WAS ALWAYS DRESSED IN BLACK,

LONG BLACK JACKET,

BROAD BLACK HAT,

SOMETIMES A CAPE,

AND AS THIN,

AND AS THIN

AS RUBBER TAPE:

BLACK MAX.



HE WOULD RAISE

THAT BIG BLACK HAT

TO THE BIG SHOTS OF THE TOWN

WHO WOULD RAISE

THEIR HATS RIGHT BACK,

NEVER KNEW

THEY WERE BOWING TO

BLACK MAX.

I`M TALKING

ABOUT NIGHT IN ROTTERDAM

WHEN THE RIGHT NIGHT PEOPLE

OF ALL THE TOWN

WOULD FIND WHAT THEY COULD

IN THE NIGHT NEIGHBORHOOD

OF BLACK MAX.

THERE WERE WOMEN

IN THE WINDOWS

WITH BODIES FOR SALE

DRESSED IN CURLS

LIKE LITTLE GIRLS

IN LITTLE DOLL HOUSE JAILS.

WHEN THE WOMEN

WALKED THE STREET

WITH BEDS

UPON THEIR BACKS,

WHO WAS LIFTING UP

HIS BRIM TO THEM?

BLACK MAX!



AND THERE WERE

LOOKS FOR SALE,

THE ART OF THE SMILE,

ONLY CERTAIN PEOPLE

WALKED THAT MYSTERY MILE:

ARTISTS,

CHARLATANS,

VAUDEVILLIANS,

MEN OF MATHEMATICS,

ACROBATICS

AND CIVILIANS.

THERE WAS

KNITTING NEEDLE MUSIC

FROM A LADY ORGAN GRINDER

WITH ALL HER SONS

BEHIND HER,

(spoken): MARCO,

VITO,

BENO

(WAS HE STRONG! -

THOUGH HE WALKED

LIKE A WOMAN)

AND CARLO,

WHO WAS FIVE.

HE MUST STILL BE ALIVE!

AH,

POOR MARCO HAD THE SYPH,

AND IF YOU DIDN`T TAKE

THE TERRIBLE CURE

THOSE DAYS

YOU WENT CRAZY

AND DIED

AND HE DID.

AND AT THE COFFIN

BEFORE THEY CLOSED THE LID,

WHO RAISED HIS LID?

BLACK MAX.



(sung): I WAS

CLIMBING ON THE TRAIN

ONE DAY GOING FAR AWAY

TO THE GOOD OLD U.S.A.

WHEN I HEARD SOME MUSIC

UNDERNEATH THE TRACKS.

STANDING THERE

BENEATH THE BRIDGE,

LONG BLACK JACKET,

BROAD BLACK HAT,

PLAYING THE HARMONICA,

ONE HAND FREE

TO LIFT THAT HAT TO ME:

BLACK MAX,

BLACK MAX,

BLACK MAX.

































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28.10.11

LAIA FALCÓN canta Black Max

LAIA FALCÓN canta Black Max de Bolcom con Ángel Cabrera






HE WAS ALWAYS DRESSED IN BLACK,
LONG BLACK JACKET,
BROAD BLACK HAT,
SOMETIMES A CAPE,
AND AS THIN,
AND AS THIN
AS RUBBER TAPE:
BLACK MAX.

HE WOULD RAISE
THAT BIG BLACK HAT
TO THE BIG SHOTS OF THE TOWN
WHO WOULD RAISE
THEIR HATS RIGHT BACK,
NEVER KNEW
THEY WERE BOWING TO
BLACK MAX.
I`M TALKING
ABOUT NIGHT IN ROTTERDAM
WHEN THE RIGHT NIGHT PEOPLE
OF ALL THE TOWN
WOULD FIND WHAT THEY COULD
IN THE NIGHT NEIGHBORHOOD
OF BLACK MAX.
THERE WERE WOMEN
IN THE WINDOWS
WITH BODIES FOR SALE
DRESSED IN CURLS
LIKE LITTLE GIRLS
IN LITTLE DOLL HOUSE JAILS.
WHEN THE WOMEN
WALKED THE STREET
WITH BEDS
UPON THEIR BACKS,
WHO WAS LIFTING UP
HIS BRIM TO THEM?
BLACK MAX!

AND THERE WERE
LOOKS FOR SALE,
THE ART OF THE SMILE,
ONLY CERTAIN PEOPLE
WALKED THAT MYSTERY MILE:
ARTISTS,
CHARLATANS,
VAUDEVILLIANS,
MEN OF MATHEMATICS,
ACROBATICS
AND CIVILIANS.
THERE WAS
KNITTING NEEDLE MUSIC
FROM A LADY ORGAN GRINDER
WITH ALL HER SONS
BEHIND HER,
(spoken): MARCO,
VITO,
BENO
(WAS HE STRONG! -
THOUGH HE WALKED
LIKE A WOMAN)
AND CARLO,
WHO WAS FIVE.
HE MUST STILL BE ALIVE!
AH,
POOR MARCO HAD THE SYPH,
AND IF YOU DIDN`T TAKE
THE TERRIBLE CURE
THOSE DAYS
YOU WENT CRAZY
AND DIED
AND HE DID.
AND AT THE COFFIN
BEFORE THEY CLOSED THE LID,
WHO RAISED HIS LID?
BLACK MAX.

(sung): I WAS
CLIMBING ON THE TRAIN
ONE DAY GOING FAR AWAY
TO THE GOOD OLD U.S.A.
WHEN I HEARD SOME MUSIC
UNDERNEATH THE TRACKS.
STANDING THERE
BENEATH THE BRIDGE,
LONG BLACK JACKET,
BROAD BLACK HAT,
PLAYING THE HARMONICA,
ONE HAND FREE
TO LIFT THAT HAT TO ME:
BLACK MAX,
BLACK MAX,
BLACK MAX.













































Las orquestas, no, por favor.

Paloma O'Shea
HOY,es




LA crisis nos ha puesto en la tesitura de tomar decisiones difíciles: puesto que no hay para atenderlo todo, es inevitable decidir qué gastos son imprescindibles y cuáles no. Las hoces están en alto y es el momento de afinar bien los golpes, porque cortar por donde no se debe puede tener consecuencias graves. El ejercicio es muy delicado y requeriría análisis sereno y visión de futuro; sin embargo, nuestros políticos se ven abocados a tomar estas decisiones en medio de una campaña electoral interminable y en plena agitación general, con cada sector social tratando de llevar el agua a su molino.




Lo importante, en cualquier caso, es preservar a toda costa las constantes vitales del país, aquellas funciones que lo mantienen vivo y le harán llegar en buenas condiciones a una época más positiva que, antes o después, tendrá que acabar viniendo. En mi opinión, una de esas funciones clave es la cultura y, más concretamente, la música. Sin ellas, la sociedad diluirá su conciencia colectiva y relajará los lazos que la mantienen estructurada. A fin de cuentas, es en la música y en las demás facetas de la cultura donde se concentra el espíritu de la nación y donde se representa con más claridad nuestra voluntad de convivir, de compartir derechos y deberes y de existir como sociedad organizada. Creo que no debemos tocar la cultura más que como ultimísimo recurso.


No digo que no haya que apretar cinturones y racionalizar gastos, porque, cuando vienen mal dadas, nos toca contribuir a todos, incluidos los músicos y los protagonistas de la cultura en general, pero sería un grave error desmantelar activos culturales como orquestas, teatros o festivales, porque el tiempo y el dinero que requeriría su reconstrucción posterior es inmenso en comparación con el ahorro que pueda producir hoy su cierre.


Los exalumnos de la Escuela Reina Sofía, que están repartidos por las mejores orquestas, españolas y europeas, me alertan de los malos augurios que se ciernen sobre la Orquesta de Extremadura. Con diez años de vida, la OEX es una de las más jóvenes de España, pero está ya plenamente consolidada y su labor ha representado un gran avance en la vida cultural extremeña. Su supervivencia es muy importante, y no solo para Extremadura, sino para toda España, que desde hace ya unas cuantas décadas tiene depositada en el progreso de su vida musical buena parte de su ilusión como país e incluso de su dignidad como nación moderna, liberada de sus complejos históricos.


En pocos terrenos como en el de la música se visualiza con tanta claridad nuestro progreso colectivo, material, pero sobre todo espiritual. En treinta años, hemos pasado de tener tres o cuatro orquestas sinfónicas dignas de tal nombre a casi treinta; de dar conciertos donde se podía, a tocar en una red espléndida de auditorios; de ser el piano poco más que un adorno para jovencitas bien (¡y algo sabré yo de eso!) a ser una clave de la educación de todos. Durante este tiempo, decenas de miles de padres españoles se han esforzado en llevar a sus hijos a estudiar el violín, la flauta o el violonchelo y es esa presión social la que ha forzado una renovación de conservatorios y escuelas de música que ahora está dando sus frutos. Hace ya algunos años que vemos cómo acuden a las audiciones de la Escuela Reina Sofía jóvenes españoles de grandísimo nivel.


Los ciudadanos españoles han acudido con gran interés a los auditorios y teatros a abonarse a las temporadas de sus orquestas, porque un concierto ya no es un club selecto para privilegiados, sino un acto de cultura popular, donde todos pueden acceder de primera mano al universo de Beethoven, de Mahler, de Falla o del joven compositor de su tierra.


El censo actual de orquestas es una de las joyas de nuestro patrimonio colectivo. Sin contar las juveniles, que cada vez son más y suenan mejor, España cuenta hoy con 27 orquestas sinfónicas profesionales: cuatro en Andalucía, Cataluña y Madrid; dos en Asturias, Canarias, Galicia, País Vasco y Valencia; y una en Baleares, Castilla y León, Extremadura, Murcia y Navarra. Cada una de ellas es el resultado de un esfuerzo colectivo y del impulso de toda una sociedad. Tienen titularidades de todo tipo: desde las orquestas privadas, como la Sinfónica de Madrid, titular del Teatro Real, que es propiedad de los profesores que la integran, hasta las enteramente estatales, como la Nacional. Otras son autonómicas, provinciales, de ayuntamientos o de entes intermedios más o menos públicos, como RTVE. En cuanto a la calidad de su sonido, las hay de primer nivel mundial (¡no exagero en absoluto!) como la de la Comunidad Valenciana, y las hay de menor prestigio, pero al menos seis o siete alcanzan un gran nivel internacional y tienen discos suyos en las tiendas de todo el mundo. Al principio, en los ochenta, las nuevas orquestas se nutrieron de músicos extranjeros. Era lo natural, dado el triste estado en que se encontraban nuestros conservatorios. Después, se han ido españolizando poco a poco.


Para un país como el nuestro, que en cuanto a música llevaba siendo periférico desde Tomás Luis de Victoria -¡exactamente cuatro siglos!-, esa vitalidad de nuestra vida sinfónica es un triunfo extraordinario. Es una de las claves de la España moderna. Cada orquesta española no es solo un centro de cultura y de ocio, es una auténtica bandera de modernidad, una referencia de altura que los ciudadanos tienen presente en su lucha diaria por salir adelante y por ofrecer a sus hijos un país abierto, moderno y europeo.


Solía decir Carlos Gómez Amat, harto de ver pasar efímeramente por nuestros teatros a las grandes orquestas mundiales, que la única cultura que de verdad importa es la que se produce en casa. Pues, gracias a Dios, ahora, la cultura musical se está produciendo por fin en casa. Se incuba en nuestros conservatorios elementales, que se han multiplicado asombrosamente en número, se termina de madurar en los superiores, que tanto han progresado, y en centros de alta especialización como Musikene en San Sebastián, la Esmuc en Barcelona, la Escuela de Altos Estudios Musicales de Santiago, el Conservatorio de Zaragoza o la propia Escuela Superior de Música Reina Sofía que, aunque me esté mal el decirlo, abrió buena parte de estos caminos. Y, una vez madurada, esa cultura musical hecha en casa, esa que es la que de verdad interesa, se expresa principalmente la labor de nuestras veintitantas (primero 30, luego 27 y ahora veintitantas) orquestas sinfónicas, además de en la de nuestros teatros, festivales, grupos de cámara y grandes solistas.


No quisiera hacer corporativismo. No se trata de decir: a los músicos no los toquéis, porque son los míos; sino: no cortemos la música porque eso sería cargarse la mitad del esfuerzo de modernización y de europeización que los españoles llevamos treinta años haciendo. Porque cerrar una orquesta no es solo despedir a ochenta músicos y a media docena de empleados; es cortar el acceso a la maravilla de la música a miles de ciudadanos de todas las clases sociales y es cortar el camino profesional a los mejores de nuestros jóvenes, a los que se han entregado al arte musical creyendo en el esfuerzo, en el cultivo del talento y en la superación personal.


Cerrar un foco de creación cultural, como es la Orquesta de Extremadura, es echar a la basura el trabajo, la ilusión y el dinero de varias generaciones y significaría empezar a rendirse y a admitir el fracaso social. Aprieten a las orquestas, si hace falta, pero no corten por ahí. Por las orquestas no, por favor.