7.3.12

LAIA FALCÓN EN EL AUDITORIO NACIONAL
14 DE ABRIL DE 2012
CONCIERTO


En lo que un siglo amanece

Laia Falcón

“¡Despierta, despierta!”, cantan los primeros compases de Ständchen, la radiante serenata a pie de ventana con que inauguramos esta colección de estampas sobre la noche y sus recintos: balcones encendidos y recuerdos apagados, cafés de sonámbulos y alcobas con orquesta, callejones infinitos e insomnios sin salida… canciones, valses, nanas y tangos de lo nocturno, capturados en su radiante oscuridad por algunos de los más conmovedores autores de ese universo musical del siglo XX que, en pleno relevo de estilos, despedía una época para saludar a otra nueva.

Como punto de partida para este homenaje a tan deslumbrante puente, el espíritu del cambio de siglo austroalemán está aquí representado por la madurez de sus dos grandes titanes –Strauss y Mahler- y por la vibrante búsqueda que late en las canciones de juventud de Alban Berg: como expresión de una sensualidad y un misterio desbordantes, estos autores dibujan para la voz líneas de interválica osada y legato eterno y construyen desde el piano novedosas texturas orquestales, plagadas de oleadas virtuosísticas y de exigentes contrastes dinámicos, desde el clamor sinfónico hasta el más secreto de los susurros. Escogen poemas de fascinante erotismo o depurada reflexión, construidos por autores controvertidos como Carl Hauptmann o Heinrich Hart, y los recrean en nuevas alianzas de acordes –inquietantes y perturbadoras para muchos de sus contemporáneos-, como las que ondulan, por ejemplo, en Nacht o Die Nachtigall, publicadas en 1907 por un Berg que ya ha podido ver la Salome de Strauss y que estudia bajo la dirección del revolucionario Shoenberg. Son éstas canciones que avisan de un cambio musical sin precedentes y que, en buena medida, despiden una forma de entender la línea vocal y el diseño armónico: pocos años quedan ya para que Shoenberg estrene su Pierrot Lunaire, inaugurando las raíces de lo que para muchos va a ser, por los siglos del siglo, la racionalidad, experimentación y provocación de “la verdadera” música contemporánea.

No obstante en las siguientes décadas, mientras Pierrot y sus sucesores, a medio camino entre el juego y la doctrina, habitan buena parte de los teatros y auditorios de occidente, otros compositores (también pertenecientes a la familia de los autores de música “de conservatorio”, pero no tan cómodos en estas nuevas líneas de expresión, o, al menos, no sólo en ellas), decidirán continuar su búsqueda de lenguaje musical profundizando y valorando los ritmos y melodías de lo que el resto de los mortales recuerda del folklore popular o escucha y baila en la radio, los cafetuchos y las salas de fiesta de medio planeta: la música de la vida cotidiana (ya sea desde su evocación nostálgica de países vividos como exóticos, ya desde su particular sinceridad para hablar, rezar y mentir en lenguas propias), fascina a universos tan dispares -y a la vez cercanos- como son la exquisita paleta de Ravel y Falla, el brillante impulso de Villa-Lobos y Guastavino o la empática mirada de Weill, Poulenc y su sucesor Bolcom. Ya sea en París o Cádiz, en Río o Berlín, en Nueva York o Buenos Aires, la sala de conciertos abre las ventanas y escucha lo que la calle tararea, llora, grita y danza, y, en un sofisticado proceso de asociación entre el compositor intelectual y el camaleón conmovido, canta nuevas visiones de lo que allí ha encontrado. De ningún modo renuncian estos autores a la búsqueda y la novedad armónicas: fascinados también por las posibilidades de expresión, reflexión e ironía de las nuevas combinaciones de acordes (con qué felicidad aplaudió el joven Kurt Weill los trabajos de Shoenberg), las mezclan con resonancias más familiares, consiguiendo asombrosos efectos con los que cuestionarse a sí mismos y a su tiempo. Lo vemos en el suspense atroz de L’Enigme Eternelle y Oración de las madres, con que Ravel y Falla envuelven armónicamente su desconcierto ante el sinsentido de lo que nos pasa (1914 es el escalofriante año en que ambos escriben sendas partituras para voz y piano); lo encontramos de nuevo en las inesperadas disonancias con que Poulenc retrata el divertido erotismo desplegado en Violon por la descarada poetisa Louise de Vilmorin; y, una vez más, en los amargos toques de inquietud con que Weill, Guastavino o Bolcom llenan de matices y apuntes de reflexión sus retratos del crimen y el abuso. Son habaneras y valses, huellas y ragtimes, milongas y nanas que desde luego suenan a casa, a radio, a oración diaria o a orquestita de jazz… pero que, exigentes portadoras de las miradas de Borges, Brecht, Lejárraga o Anouilh, también encierran innovadoras resonancias de melodías y armonías con las que fundirse con un siglo lleno de contradicción y desazón, siempre atento a cómo serán las cosas una vez amanezca.

Reunidos bajo el manto de lo que cabe en una noche, los temas traídos por esta colección atraviesan muy distintos lugares: paredes demasiado finas, bebés que lloran y bebés que duermen, dormitorios incendiados de pasión, teléfonos lejanos, reencuentros de antiguos amantes cosidos a rencor, ladrones y asesinos, gente sola, gente que espera, gente que reza y gente que se abraza, valientes dispuestos a hacer historia con un piropo y visitas de fantasmas venidos para recordar noches mejores…

Hay aquí instantáneas robadas a grandiosos amantes reunidos a la luz de la luna (Stänchen, Cäcilie, Jota, Melodía Sentimental) pero también a esquinas traidoras que -malditas sean-, juntan por unos minutos a quienes deben decirse que ya no se quieren (Je ne t’aime pas, Pampamapa). Hay también rotundas certezas (Liebst du un Schönheit) y dudas abrasantes (Nacht, L’Enigme Eternelle). Veladas perfectas recordadas de por vida (Nos souvenirs qui chantent, Les chemins de l’amour) y oscuros submundos de los que mejor salir muerto (Denn wie man sich bettet, Black Max). Sabias invitaciones al sueño y los que sueñan (Nana, Youkali) e interminables y solitarias horas de insomnio (Lonely House, Waitin’). Son canciones testigo de dos guerras mundiales y mil civiles y, tal vez por eso, mientras un hijo entona Kaddisch en el funeral de su padre (1914, de nuevo 1914), una mujer reza en la Oración de las madres por que su niño no sea soldado, quizás porque ya ha visto que quienes nacieron juntos –como en Milonga de dos hermanos- pueden terminar después odiándose a literal muerte. Luna tras luna, crece un siglo genial y confuso, que se creyó a ratos triunfal y orgulloso para siempre, y que, sin embargo, se tambalea otras veces… destrozado, de puro asco, tras asomarse al espejo de su historia.

Y, aún así, sigue y sigue. Rebuscando, entre las luces y las sombras, nuevas formas de cantarse a sí mismo. Y cuando, en 1936, Youkali nos sorprende preguntándonos cómo vamos a aguantar una noche más, ahora que el siglo ha descubierto con infinita amargura que los sueños del mundo no podían existir, una respuesta fulminante dobla la octava e incendia el piano para que resuene hasta los cimientos del alba: si no existen tus sueños, mi pequeño siglo XX… tendrás que soñarlos más fuerte.


 Así va el libro













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PROGRAMA


I.

Richard Strauss: Ständchen (Adolf Friedrich Graf von Schack)


Alban Berg: Nacht (Carl Hauptmann)


Gustav Mahler: Liebst du um Shönheit (Friedrich Rückert)


Alban Berg: Die Nachtigall (Theodor Storm)


R. Strauss: Cäcilie (Heinrich Hart)


Maurice Ravel:

Deux Mélodies Hébraiques :

Kaddisch (texto anónimo)
L’Enigme Eternelle (texto anónimo)

Vocalise-Étude


Francis Poulenc:

Violon (Louise de Vilmorin)
Nos souvenirs qui chantent (Robert Tatry)
Les chemins de l’amour (Jean Anouilh)



II.


M. de Falla:

Qué solos se quedan los muertos (Gustavo A. Bécquer)
Oración de las madres que tienen a sus hijos en brazos (María Lejárraga)
Tus ojillos negros (Cristóbal de Castro)
Nana (texto anónimo)
Jota (texto anónimo)


Carlos Guastavino:

Milonga de dos hermanos (Jorge Luis Borges)
Pampamapa (Hamlet Lima Quintana)

Heitor Villa-Lobos:

Nesta rua (texto anónimo)
Melodia sentimental (Dora Vasconcelos)



William Bolcom:

Waitin’ (Arnold Weinstein)
Song of Black Max (Arnold Weinstein)

Kurt Weill:

Denn wie man sich bettet, so liegt man (Bertolt Brecht)
Lonely House (Langston Hughes)
Je ne t’aime pas (Maurice Magre)
Youkali (Roger Fernay)