11.3.14

Mortier, no es oro todo lo que reluce. G. Alonso.

Mortier, no es oro todo lo que reluce

Mortier, no es oro todo lo que reluce
He escrito muchos obituarios a lo largo de mi vida. Alfonso Aijón me dice siempre que es lo que mejor se me da. Sin embargo esta vez me resulta francamente difícil escribir el de Gerard Mortier, puesto que si deseo ser fiel a mí mismo no puedo sino ir en contra de la regla habitual en estos casos: el desaparecido siempre fue una persona maravillosa que hizo cosas estupendas.
Conocí brevemente a Mortier cuando llegó al Festival de Salzburgo. Recuerdo algunas producciones maravillosas, como el “San Francisco de Asis” con Sellars. Recuerdo luego la desaparición de los carteles “Ich suche Karte” a la entrada de las representaciones y su sustitución por los de protesta a su gestión en los restaurantes, cuyas recaudaciones se habían reducido enormemente ya que el público que a ellos había acudido no era el nuevo público de Mortier. Recuerdo el déficit tras él.  Recuerdo sus declaraciones explosivas “Ni Jessye Norman ni Pavarotti cantarán en Salzburgo porque no caben por las puertas del teatro”. En fin, recuerdo aquel “Murciélago” de despedida con el que dejó en ridículo a los políticos de la derecha que le habían contratado. Le vi después en París, en donde también disfruté con algunas de sus propuestas. Allí volvió a dejar déficit y también una notable reducción de público y, sobre todo, de recaudación. Cuando se jubiló se publicó el más completo dossier que haya leído sobre él. Las conclusiones de aquel artículo de trece páginas titulado “La ópera desilusionada” en Classica-Repertoire eran demoledoras.
Cuando aterrizó en Madrid de casualidad tras el “no” de Lissner me temí lo peor: la repetición de Salzburgo y París. Como patrono en el Teatro Real intenté que aquello no sucediera, aproximándome a él para tratar de hacerle consciente de nuestra realidad. Fue en vano porque ni siquiera intentó comprenderla. La primera vez le invité a mi casa y luego a cenar en Horcher. Dio la casualidad que aquel día Jesús López Cobos cenaba allí celebrando cumpleaños. Me costó Dios y ayuda que, al irnos, nos acercáramos a saludarle. Fue un mal presagio. Pensé más tarde la conveniencia de poner en contacto dos personalidades tan diferentes como Mortier y Giancarlo del Monaco. Éste nos invitó al Club 31. Se conocían bien pero hacía años que no habían tenido contacto pues Mortier jamás contó con el italiano. Le prometió en firme dos espectáculos, uno de sus títulos habituales y “Le soldaten” de Zimmermann. Jamás le volvió a llamar. Aquí empezó mi desconfianza. En nuestro tercer encuentro le tocaba invitar pero me pidió que escogiese lugar. Me decidí por el Frontón III, mucho más económico que los anteriores y también junto a nuestras respectivas casas. Vivíamos uno en frente del otro y nos comunicábamos por tarjetones en cada portería. No comía mucho pero le gustaba hacerlo bien. Lo mismo con el vino. Pidió un Vega Sicilia. Me imaginé la cara que pondrían en el teatro al ver la factura. Llamé al metre y lo cambié por el vino de la casa. “Gerard, te acepto la invitación cuando hayas terminado contrato”, le dije. Charlar con él era un auténtico placer. Su cultura no era tan amplia como pudiera parecer, pero la manejaba muy bien. Su entusiasmo era contagioso y sabía cómo halagar a la otra persona. Sinceramente disfruté mucho en aquellas tres ocasiones, pero…
Gerard sabía escuchar, prometía y luego hacía lo que le venía en gana. Le entró por un oído y le salió por otro cuando Vargas Llosa y yo le aconsejamos que pensara en temas más ligados a nuestra cultura que “El perfecto americano” o “Brokeback mountain”. Viví cómo intentaba llevarse al huerto al Patronato hablando con total desparpajo de cosas del teatro de años atrás que desconocía totalmente, de falsedades sobre costes o, lo que a veces es peor, medias verdades sobre los mismos. Comprobé cómo a Emilio Casares y a mí nos toreaba con la posible recuperación de algunas obras de nuestro patrimonio, en especial de “Curro Vargas”, cómo era inútil hablarle de artistas españoles… Toda aquella tomadura de pelo me ocasionó potentes enfrentamientos en patronatos. Me consta que ahora, en las alturas del teatro, se respira con alivio que su etapa hayan sido cuatro y no seis temporadas.
Analizaré al acabar la temporada toda su etapa en el Real. Por ahora sólo apuntaré varios hechos. Entre los negativos, un déficit acumulado que supera ampliamente los 15 millones de euros; el desastre económico de “San Francisco de Asís”; una reducción de la taquilla a pesar del continuo incremento de precios así como de abonos y ocupación; la prácticamente nula recuperación de nuestro patrimonio a favor de experimentos antiespañoles como “Montezuma”, “La conquista de México” o “The Indian Queen”; la escasa coproducción con teatros de relieve como Covent Garden, Viena o Scala a favor de otros menores como como Perlm; el abuso del “amiguismo” en registas, directores musicales e intérpretes. Entre los positivos, la ambición intelectual en la programación y su ansia renovadora; algunas producciones sobresalientes como “Pelleas” con Wilson;  la atención a la composición actual, si bien se podía haber mejorado la selección de autores, y la permanente presencia de él y del teatro en los medios nacionales e internacionales. Bien es verdad que a estos se les invitó mucho más que en etapas anteriores. Con él se cumplió el “Que se hable, aunque sea mal”, porque la agitación y la polémica eran algo que realmente le hacían disfrutar, aunque llevó muy mal la discrepancia de Scherzo y Beckmesser. Supongo que él mismo, al final, debió de ser consciente que para polemizar hay que dominar el idioma y muchos, muchos de sus errores vinieron de su limitado español. Pero él se pasaba de atrevido. Muchos recordarán aquella multitudinaria y eterna presentación de temporada con la prensa rodeándole en rectángulo y él en el centro como estrella absoluta. Se equivocaba: la estrella en la ópera no debe ser nunca el director artístico. Descanse en paz. Gonzalo Alonso